
Hace algunas décadas, cuando a un chico le ponían los pantalones largos, significaba que estaba ingresado al mundo de los mayores. Hoy, que ese rito ya no existe, cuando los hijos comienzan a desprenderse de su grupo familiar primario, los padres le entregan un celular. El pequeño teléfono permite a los progenitores saber dónde está su hijo, a qué hora regresará, si se queda a dormir en lo de un amigo, si en el boliche está todo tranquilo, en fin, seguir más de cerca su ruta cotidiana. Lo que no es poco en una época marcada por la inseguridad y la hiperactividad. Por otro lado, los adolescentes son naturalmente dispersos y el celular permite recordarles a qué hora tienen la clase de natación, si tienen que hacer algún llamado o cita con el médico. En resumen, el teléfono móvil brinda a los papás cierto control sobre la incipiente independencia de sus hijos y una buena dosis de tranquilidad frente a los riesgos de la calle. Pero el celular tiene también otras utilidades, como tomar fotos o crear melodías, ser utilizado como videojuego, enviar e-mail, bajar imágenes y tonos de internet y por sobretodas, la función más explotada por los adolescentes: los mensajes de texto, que sirven para dialogar con el compañero que está en el último banco, copiarse en los exámenes, y mantenerse al tanto de todos los movimientos de sus amigos.
El celular y la escuela
En lo que a saberes tecnológicos se refiere, los adolescentes marchan a la vanguardia y desde hace unos años la franja de edad está disminuyendo aceleradamente. Docentes de escuela primaria relatan anécdotas en las que un niño de primer grado juega con su celular en el recreo, mientras que otro espera en un rincón, con el teléfono en la mano y el ceño fruncido la llamada de su mamá, que prometió comunicarse con él durante la jornada escolar. El uso del celular en el aula se ha ido masificando desde hace algún tiempo, y hoy es habitual en polimodales e institutos terciarios, tener que solicitar a los jóvenes que desactiven sus celulares cuando ingresan al aula, porque de lo contrario se producen conciertos de distintas melodías que en forma intermitente interrumpen la clase. Aún así, muchos lo mantienen encendido y ante una llamada salen al pasillo a conversar con su interlocutor. La Lic. Fabre nos comenta: “Pareciera que la llamada del celular exime al portador del aparato de toda norma de cortesía y que por el sólo hecho de escuchar la llamada, implícitamente el profesor está notificado y el alumno tiene el derecho de retirarse del aula para charlar y volver a ingresar cuando concluye la conversación”. Estos nuevos comportamientos han comenzado a ser estudiados por universidades y centros psicológicos de todo el mundo que ya aportaron algunas conclusiones. La Universidad de Guadalajara, a través del Centro de Información e Investigación Psicológica, advirtió que el uso excesivo de celulares, genera adicción en niños y adolescentes. El informe realizado por la institución, indica que “el uso que los jóvenes dan a esta herramienta no es el más adecuado. Para los menores, un celular significa ser aceptado socialmente y el deseo de estar a la moda en equipos de telefonía produce necesidades ficticias, las cuales, de no ser satisfechas, derivan en estados de depresión, tristeza, frustración y pérdida de control de impulsos”. En Argentina este fenómeno recién se está empezando a masificar, quizás sea el momento adecuado para comenzar a reflexionar sobre él.
Asesoramiento: Lic. Cristina Anahí Fabre de Daskalakis – Profesora de Investigación Educativa Profesores Pablo Moreno y Rocío Luján |